jueves, 25 de octubre de 2007

-Aranda de Duero

La villa de Aranda de Duero se encuentra situada en el extremo sur de la provincia de Burgos.
Su tradicional vitalidad y privilegiada situación geográfica le han convertido en la capital de la Ribera del Duero. Desde sus orígenes, se configuró como un lugar de paso al encontrarse muy próxima a las capitales de provincia de su entorno como Burgos, Valladolid, Palencia o incluso Madrid.
En cuanto a los orígenes de la población, carecemos de testimonios escritos o arqueológicos que puedan certificar un posible asentamiento prehistórico o romano, lo que nos obliga a fechar su nacimiento en los momentos posteriores a la llegada de los cristianos a la línea del Duero en el 912.
Aranda ofrece una peculiaridad respecto a las más notables villas de su entorno ya que no consta
que naciera como plaza militar fortificada, sino, más bien, como enlace de comunicación entre las tierras del Norte y el Sur del Duero. Por eso, su nacimiento y, sobre todo, su consolidación como villa debemos relacionarlo con el momento en que los castellanos se sentían seguros más allá del río, lo que no sucedió sino en las décadas posteriores a la muerte de Almanzor y a la posterior
desmembración del califato de Córdoba, en la década de los treinta del siglo XI. Cuando, tras la
conquista de Toledo en el 1085, la línea fronteriza cristiano-musulmana se trasladó definitivamente a la línea del Tajo, la Meseta Norte se sintió dueña de su destino y sus aldeas, villas y ciudades pudieron desplegar su vitalidad sin trabas ni ataduras exógenas. Fue éste el momento en que Aranda se afirmó como una villa dinámica y próspera.

El primer dato documental de la existencia de Aranda nos lleva al año 1088, cuando se celebró el Concilio de Husillos, en el que las diócesis de Burgos y la de Osma se enfrentaron por el poder territorial de esta villa ribereña. La cuestión no se solucionó hasta 1136, cuando se acordó integrar estas tierras en la diócesis de Osma.
Hasta el siglo XIII no vuelven a encontrarse referencias de Aranda; en concreto, existe un documento conservado en el Archivo Municipal arandino donde Fernando III dona ciertas heredades en el término de Aranda. En 1291, el rey Sancho IV expide un documento en el que se reafirma la condición de villa realenga de Aranda, situación que se mantendrá a lo largo de todos lo siglos medievales y modernos. La reina Juana, consorte de Enrique IV, se convirtió en señora de Aranda en 1461, tras conocer en esta villa que se encontraba embarazada de la futura Juana La Beltraneja.

En 1473, Aranda vivió uno de sus momentos más importantes al elegirse la iglesia de San Juan como lugar de celebración el Concilio Provincial de la Archidiócesis de Toledo, presidido por el obispo Alonso Carrillo de Acuña. En sus sesiones se trataron asuntos de interés tanto religioso como político, y, entre éstos, uno de los más importantes fue la unificación de criterios para apoyar la causa de la reina Isabel en su disputa por el trono de Castilla frente a los partidarios de La Beltraneja.
Además del templo de San Juan, a finales del siglo XV se levantó la magnífica iglesia de Santa María, en la que destaca su deslumbrante portada principal, obra tardogótica atribuida a Simón y Francisco de Colonia, y el conjunto arquitectónico del edificio.
Podemos decir que los siglos XV y XVI fueron unas centurias muy prósperas para Aranda, que se convirtió en foco de atracción para las familias nobles de la comarca, que se animaron a construir sus palacios y casas solariegas en la villa, como fue el caso de los Acuña, Rojas, Avellaneda, etc, destacando entre todas la casa de los Berdugo.

El esplendor alcanzado por la villa se pone de manifiesto también en su desarrollo urbanístico, imparable a lo largo de toda la Edad Media. Entre los siglos XI y XII se fortificó mediante una cerca o muralla que contaba con una serie de entradas, de las que sólo se conserva la puerta del Duero. Fuera de este espacio comenzaron a desarrollarse importantes arrabales en la zona que se conoce como Plaza del Trigo, dedicada al comercio de dicho cereal, y la Plaza Nueva (actual plaza Mayor), donde se celebraban los mercados y ferias, al amparo de los privilegios concedidos por la reina Juana. Muchas calles reciben el nombre de los productos que en ellas se vendían (Aceite, Sal, Miel...) o de sus establecimientos (Hospicio y Boticas). En los siglos XIV y XV, se procedió a la construcción de una segunda muralla, para incorporar los espacios anteriores, dejando fuera otros (barrio de San Gregorio, San Francisco, Tenerías, Fuenteminaya...). La Plaza Mayor, la calle San Francisco o la Plaza del Trigo quedaron porticadas para favorecer el desarrollo de las actividades comerciales, además de proteger del frío y la lluvia. Una magnífica imagen de la villa la tenemos en el plano de la localidad, fechado en 1504, que se conserva en el Archivo de Simancas, en el que se ven las principales plazas, calles y edificios del lugar, muchos de los cuales aún se conservan.

En las afueras de Aranda de Duero se encuentra la Ermita de Nuestra Señora de las Viñas,
patrona de la Villa, renovada a mediados del siglo XVI y muy reformada en tiempos modernos. Su origen se relaciona con la supuesta aparición milagrosa, en tiempos de Ramiro I, de una imagen de Nuestra Señora a un labrador, en una viña. En este lugar, según la tradición, los habitantes arandinos levantaron una pequeña ermita donde venerar esta efigie mariana.

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